El perdón

El perdón

 

“La compasión sólo es posible cuando la comprensión está presente.”

[Thich Nhat Hanh]

 

 

El perdón es el desapego, el soltar, la memoria de dolor, que se sostiene por un poder mental: el juicio. Es un camino de liberación de la mente. “Soltar” es liberarse de las creencias limitadoras, de los resentimientos, pensamientos y emociones dolorosas enquistadas; de los nudos de odio y de rencor y, sobre todo, liberarse de una amarga y profunda culpa.

Per-donare, proviene del latín: soltarlo o darlo todo.
¿Dar qué, soltar qué? La interpretación de lo que sucedió, los juicios.

El perdón es un proceso que permite ver cómo la culpa opera en nosotros. La culpa es la emoción más oxidativa para el campo electromagnético. La culpabilidad es la máxima expresión del sentimiento de separatividad, algo que atenta contra la unidad del universo. El perdón es un proceso orientado a deshacer la culpa, es decir a unir a través de la expansión de la consciencia y del cambio de percepción.

 

El estado natural de la mente es la paz. Lo que hay que sanar es la percepción del pasado, substituir el programa de conflicto adherido a nuestra mente. La culpa causa una distorsión mental a la hora de percibir y de mirar el mundo, y de experimentar la realidad. Y que nos mantiene en la inmadurez emocional y atrapados en lo exterior a nosotros.

 

Para vivir el perdón y la sanación hay que querer, comienza con una decisión: estoy dispuesto a ver esto de otra manera.

¿Pero por qué nos resistimos?

Porque para poder comprender es necesario aceptar nuestra responsabilidad. Hacernos responsables de los programas de conflicto que anidan en nuestra mente. Programas que gobiernan nuestra percepción hasta que nos damos cuenta de su existencia. Cuando nos hacemos responsables de lo que expresamos y proyectamos podemos dejar de repetirlo y abandonar la adicción al programa. Esto es idéntico a lo que nos enseña la psicología estoica, la budista o el cristianismo gnóstico.

 

 

“Si yo te enseñara todos los factores que convergen en tu hermano cual tú condenas, juzgar sería imposible. Si comprendieras, surgiría el perdón.”

[Un Curso de Milagros]

 

Quizá lo más duro del proceso y que el paciente intuye y evita, es que, en el camino terapéutico del perdón, tarde o temprano descubrimos que la culpa que proyectamos hacia fuera, en realidad, es la culpa que sentimos hacia nosotros mismos. El mundo sólo es un espejo. El mundo nos muestra la culpabilidad que sentimos hacia nosotros mismos. Por eso, este proceso siempre nos lleva hacia el perdón a uno mismo.

 

Pero, como dice Platón todo “error” proviene de la inconsciencia, de la ignorancia. Mientras que la culpa nos dice algo absurdo: dice que cuando no eras consciente debiste de haber sido consciente; o que el otro debió de saber, cuando era ignorante. Por tanto, la culpa niega la realidad, niega lo que naturalmente sucede. Nos hace sentir que somos, o son, incorrectos, erróneos, o intrínsecamente malos (pecadores, se dice en las religiones). Esta sensación de verse a uno mismo como algo erróneo o malo es tan insoportable, que el mismo programa del ego elabora un aparente modo de escapar: culpar a los demás, proyectar al exterior la culpa mediante el ataque mental.

 

El victimismo es la metodología del programa. Todos los pensamientos, creencias e impulsos que proceden de él te llevan a buscar fuera de ti la causa de tu emoción, sea la que sea.  Esta manera de ver refuerza la creencia de que eres un cuerpo sobre el que la situación produce efectos, en lugar de verte como una mente que produce experiencias. Lo que lleva a la mente profunda a somatizar en el lugar en dónde te victimizas, el cuerpo (también llamado Apis).

El perdón es la sanación de la culpa

El perdón es la sanación de la culpa, y ésta comienza al darnos cuenta de que, de haber algo “erróneo”, ¡es la misma idea de la culpa! Sólo es un error de percepción. La Sabiduría del Amor (también llamada Seraphis) está latente en cada uno de nosotros esperando a que hagamos uso de nuestro verdadero libre albedrío, la misma libertad fundamental que nos permitió separarnos aparentemente de la Fuente o la Unidad, (también llamada Osiris).

 

Este camino de regreso al amor, a la salud, es el camino o el proceso de perdonar. El perdón filosófico o transpersonal no tiene nada que ver con lo que se suele llamar perdón, en las religiones. Bien entendido, es un acto terapéutico que va quitando culpa en la mente para restaurarla y recordar la unidad esencial. Así el Juicio Final sería el final de los juicios, lo que en la religión egipcia se expresaba con la idea de un hombre que se osirificaba, equivalente al entrar en Nirvana de los Budistas.

 

En última instancia, el perdón transpersonal brota al comprender que no hay culpa, que nunca la ha habido, ni nunca la habrá, que “no tengo nada que juzgar, por lo tanto, no tengo nada que perdonar”. Cada uno hace lo que sabe y lo que puede en cada momento, en cada fase de su desarrollo, según su propia modalidad de conciencia.

Epícteto dijo: el que culpa a los otros de lo que le sucede es un ignorante (proyecta afuera la responsabilidad de lo que le sucede, culpa o acusa a los otros). El que se acusa a sí mismo es un caballero, (está aprendiendo a responsabilizarse de sus acciones y reacciones). Y el que no acusa a los demás ni a sí mismo, ése ha terminado su educación. Quiere decir, un Buda, un Cristo, no ve culpa afuera ni adentro, está despierto.

 

 

Hector Gil 

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