Eucaliptos gallegos: el bosque que ya no canta
El primer viaje con mi pareja fue a Fisterra, al final del mundo. Me enamoré de esa tierra: el mar golpeando los acantilados, las rías como venas vivas y, sobre todo, sus bosques. Eran un refugio de vida. Árboles diversos, caminos cubiertos de helechos, aromas intensos y el canto constante de los pájaros.
Un bosque es más que árboles. Es memoria, es hogar, es canto.
Casi 15 años después, volvimos con nuestros dos hijos. Esta vez, el viaje fue otro. Desde la autovía, algo me descolocó: el paisaje era el mismo… pero no igual. Todo estaba cubierto por un verde uniforme, monótono, artificial.
El monocultivo tiene una estética: la del silencio.
Nos detuvimos en una zona de descanso. Me adentré en uno de esos bosques. El silencio era tan espeso que se volvía ruido. Nada se movía. No había canto, ni insecto, ni vegetación bajo los árboles. Solo hojas secas y el olor penetrante del eucalipto. Bajo sus ramas… no vive nada.
¿De qué sirve un bosque donde no canta ni un pájaro?
Incluso en espacios protegidos, vi eucaliptos creciendo como fantasmas. Nadie los plantó allí. Llegaron solos. Porque el eucalipto no pide permiso. Ocupar es su naturaleza.
No crece, invade. No convive, desplaza.
Galicia ha sido tomada poco a poco. Lo que fue biodiversidad es hoy monocultivo. Y no solo cambia el paisaje, cambia la identidad de una tierra. En Galicia, el eucalipto ocupa aproximadamente 409.000 hectáreas, lo que representa alrededor del 28% de la superficie forestal arbolada de la comunidad.
Los árboles hablan. Pero ahora, nadie escucha.
¿Nuestros hijos crecerán creyendo que esto es un bosque? ¿Recordarán algún día que el verde también podía tener matices?
El futuro no es un destino. Es una decisión.
¿aún estamos a tiempo?

