El impacto de las nuevas tecnologías en las etapas del desarrollo humano: una mirada humanista y filosófica
El desarrollo humano comprende un proceso vital que abarca la totalidad de la existencia humana, desde el nacimiento a la vejez. Cada etapa está marcada por hitos biológicos, cognitivos, emocionales y sociales, profundamente influenciados por el entorno. En este siglo XXI, dicho entorno se halla, para bien y para mal, condicionado por las nuevas tecnologías, que transforman los modos de aprender, comunicarse y construir la identidad (Papalia & Martorell, 2021).
En las últimas décadas, el desarrollo humano se ha vuelto inseparable del contexto digital. La infancia está condicionada por pantallas y dispositivos desde la cuna; la adolescencia se entrelaza con las redes sociales como espacio de pertenencia y autoafirmación; la adultez vive la hiperconectividad laboral y afectiva; y es la vejez, paradójicamente, la que encuentra en la tecnología nuevas posibilidades para mantener la autonomía y la salud.
Cada una de estas transformaciones plantea un desafío ético y psicológico, y requeriría una exhaustiva investigación. Pero la pregunta es: ¿la tecnología amplía o limita las potencialidades humanas?
Desde la perspectiva de la psicología humanista, el individuo posee un potencial innato para crecer y autorrealizarse cuando encuentra un entorno que lo favorece. Como afirma Carl Rogers (1961), «el individuo posee en sí mismo vastos recursos para su comprensión y para el cambio de autoconcepto, de sus actitudes y de su conducta; estos recursos pueden activarse si se proporciona un clima definido de actitudes psicológicas facilitadoras» (p. 33). La tecnología, entonces, puede ser parte de ese clima facilitador o convertirse en un obstáculo, dependiendo del modo en que se use.
La finalidad de este trabajo es examinar el impacto de las nuevas tecnologías en todas las fases del desarrollo humano, subrayando los beneficios y los riesgos desde una mirada integradora que aúna la psicología del desarrollo con la psicología (y aún con la filosofía) humanista. En última instancia, la pregunta que lo guía es profundamente ética: ¿cómo lograr que la técnica sirva al desarrollo del ser humano sin deshumanizarlo?
El desarrollo humano y la influencia del entorno tecnológico
El desarrollo humano se ha estudiado desde múltiples perspectivas. Jean Piaget (1972) propuso que el conocimiento surge a través de la interacción activa del niño con su entorno, en un proceso de asimilación y acomodación. Lev Vygotsky (1978) añadió que el desarrollo cognitivo se realiza en combinación con el aspecto social y cultural, destacando el papel del lenguaje y la colaboración. Erik Erikson (1950) planteó una secuencia de ocho etapas psicosociales, cada una caracterizada por una crisis que las personas debemos resolver para crecer de manera saludable.
Sin embargo, el entorno que describieron estos autores ha cambiado radicalmente. En el siglo XXI, los niños, adolescentes y adultos vivimos inmersos en una realidad tecnológicamente mediada. Los objetos digitales (móviles, pantallas, redes, videojuegos, aplicaciones de citas o la inteligencia artificial) forman parte de esta cotidianeidad y, en muchas ocasiones, del propio proceso de aprendizaje y socialización, que tanto remarcaron los mencionados investigadores. La tecnología se ha convertido en un nuevo contexto de desarrollo, con sus propios riesgos y oportunidades (Papalia & Martorell, 2021). ¿Qué conclusiones extraerían ellos hoy de la forma de aprendizaje tecnificada actual? ¿Cómo percibirían estos autores los procesos del desarrollo en la supertecnificación de hoy?
Desde la óptica de la psicología ecológica, por ejemplo, de Urie Bronfenbrenner (1979), el desarrollo depende de la interacción entre distintos sistemas ambientales (microsistema, mesosistema, exosistema y macrosistema). Hoy, el ecosistema digital es una capa transversal que influye en todos ellos: afecta a la familia (microsistema), modifica la escuela (mesosistema), transforma los medios de comunicación (exosistema) y altera los valores sociales y culturales (macrosistema).
Este entorno ofrece también ventajas significativas. En la infancia, las tecnologías pueden favorecer la estimulación cognitiva y el aprendizaje cuando se utilizan con supervisión adecuada (Hirsh-Pasek et al., 2015). En la adolescencia, posibilitan la autoexpresión, el acceso a la información y la participación social. En la adultez, facilitan la productividad, la comunicación global y el desarrollo profesional. Y en la vejez, la tecnología permite mantener la autonomía y las relaciones afectivas (Czaja et al., 2018; Zhao et al., 2013).
No obstante, su influencia no es neutral. La exposición excesiva a pantallas puede generar distracción, ansiedad o adicción (Twenge, 2019) La sobreestimulación digital fragmenta la atención y reduce el pensamiento reflexivo, como señalan estudios recientes en neurociencia cognitiva (Christakis et al., 2018). Además, la interacción digital puede substituir la presencia física, afectando el desarrollo emocional y la empatía.
Por esto, comprender el desarrollo humano hoy exige integrar una visión bio-psico- social y tecnológica, donde la digitalización se entienda no solo como un cambio instrumental, sino como una transformación del entorno vital. La tecnología no es buena ni mala en sí misma; su impacto depende de la calidad de las relaciones humanas que la acompañan y de los valores (por esto la necesidad de incluir la filosofía) que guían su uso.
Infancia: las pantallas y el desarrollo temprano
La infancia es una etapa de intensa plasticidad cerebral. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2019), los menores de 2 años no deberían estar expuestos a pantallas, mientras que entre los 2 y 5 años el tiempo de uso debe restringirse a una hora diaria de contenidos educativos y supervisados. Estas recomendaciones buscan proteger los procesos neurocognitivos en formación y evitar efectos negativos como el retraso del lenguaje, la alteración del sueño o la desregulación emocional.
Investigaciones recientes muestran que una exposición prolongada a pantallas se asocia con déficit de atención, ansiedad y dificultades en la interacción social (Canadian Paedriatric Society, 2022; Christakis et al., 2018). La exposición pasiva, como ver videos sin tutorización, interfiere con el juego simbólico, esencial para el desarrollo del pensamiento abstracto y la empatía (Piaget, 1972).
Desde la psicología humanista, Rogers (1961) sostiene que el crecimiento infantil requiere presencia, contacto emocional y juego libre, no estímulos mecánicos. Asimismo, Bowlby (1988) mostró que el apego seguro, basado en la interacción afectiva con figuras estables, es fundamental para el desarrollo emocional. Substituir esa relación por pantallas genera una experiencia empobrecedora de conexión humana.
No obstante, el uso moderado y guiado puede tener beneficios. Estudios señalan que ciertas aplicaciones interactivas pueden favorecer la coordinación visomotora o el aprendizaje temprano cuando se usan con acompañamiento adulto (Hirsh-Pasek et al., 2015). La clave, por lo tanto, no es demonizar la tecnología, sino educar su uso consciente.
Adolescencia: redes sociales y formación de la identidad
La adolescencia es una etapa clave en la construcción de la identidad personal. Según Eirkson (1950), el adolescente atraviesa la crisis de «identidad frente a confusión de roles», buscando coherencia entre lo que es, lo que perciben los demás y lo que desea ser. En la era digital, las redes sociales se han convertido en un escenario donde este proceso se intensifica y distorsiona.
Diversas investigaciones (American Psychological Association, 2023; Twenge, 2019) han encontrado correlaciones entre el uso excesivo de redes sociales y síntomas de depresión, ansiedad y baja autoestima. La exposición constante a imágenes idealizadas fomenta la comparación social y la búsqueda de validación externa. Como afirma Erich Fromm (2009), vivimos en una cultura del «tener» más que del «ser», donde el valor se mide por la aprobación ajena.
El fenómeno de la «identidad digital» introduce una paradoja: los jóvenes se expresan y se comunican más que nunca, pero a menudo sienten soledad y desconexión interior. En términos junguianos, la máscara virtual o persona puede eclipsar al sí-mismo, el núcleo profundo de la identidad (Jung, 1964).
Sin embargo, el uso reflexivo de las redes puede potenciar la creatividad y la conciencia social. Plataformas como Youtube o TikTok también, bien utilizadas, permiten el aprendizaje colaborativo y la autoexpresión artística, por ejemplo. La educación emocional y la alfabetización digital resultan esenciales para que las redes sean una herramienta de crecimiento y no de enfermedad.
Adultez: conexión, alienación y equilibrio
Durante la adultez, el individuo busca equilibrio entre trabajo, relaciones, familia y autorrealización. La tecnología facilita la comunicación y el acceso a la información, pero también introduce nuevas formas de estrés, dispersión y alienación.
Según Byung-Chul Han (2017), vivimos en la «sociedad del cansancio», donde la hiperconectividad y la autoexplotación substituyen el descanso y la reflexión. El adulto digital está permanentemente disponible, revisando correos o redes, lo que genera fatiga mental y pérdida de concentración.
Desde la psicología positiva, Csikzentmihalyi (1990) propuso el concepto de «flow», un estado de atención plena que ocurre cuando la persona se implica de forma creativa en una actividad significativa. Las distracciones constantes del entorno digital interrumpen ese flujo, fragmentando la experiencia vital.
En contraste, la tecnología también ofrece herramientas de crecimiento personal: terapias en línea, meditación guiada, comunidades de aprendizaje o redes de apoyo emocional. Desde el enfoque humanista, el desafío no es rechazar la tecnología, sino usarla para promover la conciencia, y no para distraerla.
Vejez: la tecnología al servicio de la autonomía y el bienestar
En la vejez, la tecnología puede ser un medio poderoso para mejorar la calidad de vida, mitigar el aislamiento y preservar las funciones cognitivas. A diferencia de etapas previas (que son quiénes más la usan), el reto no es limitar el uso, sino facilitar la accesibilidad y la inclusión digital, aunque suene paradójico.
Un metaanálisis reciente encontró que las intervenciones digitales (realidad virtual, videojuegos cognitivos, aplicaciones de memoria) mejoran significativamente la memoria, la atención y la velocidad de procesamiento en adultos mayores (Zhao et al., 2023). Otros estudios confirman que las videollamadas y redes sociales reducen la soledad y fomentan el bienestar emocional (Czaja et al., 2018).
Desde la logoterapia, Viktor Frankl (2011) recordaba que «el hombre puede conservar un vestigio de libertad espiritual, de independencia de la mente, incluso en las circunstancias más terribles» (p.86). En la vejez, la tecnología cobra valor cuando amplía esa libertad: mantener la comunicación, aprender, crear y sentirse útil. El riesgo surge cuando se substituye el contacto humano por la conexión virtual.
Por lo tanto, las políticas públicas deberían promover el uso ético y educativo de las tecnologías en la tercera edad, no solo como entretenimiento, sino como instrumento de participación y sentido.
Reflexión humanista y filosófica sobre la tecnología
A lo largo de las etapas del desarrollo vital, la tecnología actúa como espejo de nuestras aspiraciones y carencias. Acompaña y moldea las formas de pensar, sentir y relacionarse. Cada vez más personas, por ejemplo, se conocen por internet. (En 2017, alrededor del 39 % de las parejas heterosexuales en EE.UU. afirmaron que se habían conocido a través de internet frente al 22% en 2009 (Rosenfeld, Thomas & Hausen, 2019)). Pero más allá de su utilidad práctica, plantea un interrogante fundamental:
¿cómo afecta la técnica a nuestra condición humana?
Desde el humanismo psicológico, la tecnología debe estar al servicio de la autorrealización, no del condicionamiento. Erich Fromm (2009) advertía de que el ser humano moderno corre el riesgo de definirse por el «tener» (bienes, propiedades, viajes, un cuerpo bonito, seguidores…), en lugar de por el «ser», que implica autenticidad, creatividad y conexión interior. La sociedad digital, basada en la inmediatez y la apariencia, intensifica esa confusión entre lo que se tiene y lo que se es.
Abraham Maslow (1991), al describir su jerarquía de necesidades, situó en la cúspide la autorrealización, entendida como el despliegue de las potencialidades más elevadas del ser humano. En la actualidad, la tecnología puede servir como medio para esa expansión, facilitando el conocimiento, la cooperación o la creación artística, pero también puede reducir la vida a estímulos triviales (scroll infinito, por ejemplo) y a la búsqueda de aprobación externa.
Por su parte el ya citado filósofo y psicólogo Viktor Frankl (2011), desde la logoterapia, afirma que el hombre no solo busca placer o poder, sino sentido. En la era digital, el riesgo es que la sobreinformación substituya a la sabiduría y la conectividad reemplace el encuentro personal. La tecnología, entonces, se convierte en espejo de nuestra crisis espiritual: cuanto más conectados estamos externamente, más desconectados podemos sentirnos interiormente.
El reto filosófico consiste en reconciliar la técnica con la humanidad. La tecnología no debe verse como enemiga del espíritu, sino como una prolongación de la creatividad humana. El problema surge cuando olvidamos que su finalidad es servir a la vida. Por eso, un uso ético y consciente de la tecnología implica cultivar la atención plena, el discernimiento y el sentido del límite.
En definitiva, el pensamiento humanista nos invita a devolver la centralidad al ser humano como sujeto de valor y sentido. La pregunta clave no es «¿qué puede hacer la tecnología?», sino «¿qué tipo de humanidad queremos construir con ella?». Solo así la técnica dejará de ser un fin en sí mismo para convertirse en un instrumento de desarrollo interior, libertad y unión.
Conclusiones
El impacto de las nuevas tecnologías es ambivalente. En la infancia, la exposición excesiva a pantallas puede obstaculizar el desarrollo del lenguaje, la atención y la regulación emocional (OMS, 2019). En la adolescencia, las redes sociales ofrecen oportunidades de comunicación, pero también riesgos de comprensión, comparación, ansiedad y pérdida de autenticidad (APA, 2023). En la adultez, la hiperconectividad genera estrés y alienación si no se combina con espacios de silencio y presencia (Han, 2017). En la vejez, la tecnología bien aplicada mejora la función cognitiva y la integración social (Zhao et al., 2023).
Desde un enfoque humanista y filosófico, la tecnología no debe dominar el proceso de desarrollo, sino acompañarlo. El desafío no es directamente tecnológico, sino ético: cómo preservar la libertad interior, el contacto humano y el sentido en medio de la conexión permanente.
El futuro será verdaderamente humano si logramos que la técnica se ponga al servicio del crecimiento integral del ser humano, de la empatía y del conocimiento de sí mismo.