MIENTRAS DIGAMOS SU NOMBRE, SIGUE EN CASA
“No están en la foto del 31, ni en los propósitos de enero. No alcanzaron a decir “feliz año”, pero sí alcanzaron a ser profundamente amados”
Diciembre suele imponernos un mandato: cerrar ciclos, celebrar logros, brindar por lo que viene. Las revistas, las pantallas y hasta las conversaciones repiten el mismo guion de balance y renovación. Pero hay otra realidad, menos visible y rara vez narrada: la de los que no podrán despedir el año porque ya se fueron antes o durante el mismo.
Hablar de fin de año sin nombrar la pérdida es como narrar una historia incompleta. Porque no todas las vidas siguen el calendario, ni todas las familias llegan enteras al último día de diciembre. Este año miles de mesas no tendrán la voz de quien acostumbraba iniciar el brindis, el mensaje largo o el chiste inevitable antes de las uvas.
” Y, aun así, en muchos hogares, su lugar no está vacío: está lleno de significado”
Nos enseñaron que despedir es cerrar, soltar, seguir adelante. Pero cuando alguien parte, el ciclo no se clausura, se reescribe. El adiós no elimina el vínculo, lo transforma en un lenguaje distinto: en rituales, silencios compartidos, objetos que se conservan, fechas que se sienten más que se celebran. Y sobre todo, en nombres que se pronuncian como quien enciende una luz.
Porque recordar no es lo contrario de continuar, es la forma más humana de hacerlo.
Y porque a quienes amamos no los sostenemos con la presencia, sino con la permanencia de su historia en nosotros.
Hay quienes se fueron tras una larga enfermedad, otros de forma repentina. Algunos alcanzaron a despedirse, otros dejaron palabras pendientes. Pero todos tienen algo en común: su último año no fue el último lugar donde existieron, solo fue el último donde los tocamos con cuerpo. Después de eso siguieron viviendo en la memoria, que no es museo: es refugio.
Quizá por eso diciembre duele distinto. No porque falte esperanza, sino porque sobra amor sin destinatario físico. Duele porque quisiéramos contarles que lo logramos, que sobrevivimos, que seguimos siendo familia, aunque la vida nos haya cambiado el número de sillas. Duele porque quisiéramos brindar por ellos y con ellos.
Y es ahí donde ocurre algo poderoso: cuando decimos su nombre, no para llorar lo perdido, sino para honrar lo vivido, la muerte deja de ser ausencia absoluta y se convierte en presencia narrativa. En continuidad afectiva. En la certeza de que no se van del todo quienes dejan amor del que todavía se habla en presente.
Despedir el año también puede significar esto: mirar a los ojos del recuerdo, agradecer lo que fue, permitir que duela sin que nos avergüence, entender que amar también es una forma de duelo y que el duelo también es una forma de amar.
“No todos llegan al 31 de diciembre.
Pero quienes fueron amados no se van nunca del 365 que dejaron en nosotros”