El Dolor de ser buen terapeuta y no vivir de ello

El Dolor de ser buen terapeuta y no vivir de ello

Durante años pensé que con ser “buen terapeuta” bastaba.

Me formé, estudié, practiqué, acumulé cursos y certificaciones. Llevo más de 15 años acompañando procesos personales y puedo decir que la terapia, para mí, no es un trabajo: es mi manera de estar en el mundo.

Pero hubo un momento en que esa entrega chocó de frente con una realidad incómoda: mi vocación no pagaba las facturas.

Recuerdo una época concreta: tenía la agenda “más o menos llena”, la gente agradecía mi trabajo, me escribían mensajes preciosos… pero cada final de mes era un pequeño drama. Cobraba poco, a veces tarde, a veces ni cobraba. Me justificaba pensando: “lo importante es ayudar”. Por dentro, sin embargo, algo se tensaba.

Ese fue el primer gran choque entre mi mundo emocional y la mentalidad empresarial que me negaba a desarrollar.

Con el tiempo me di cuenta de que no era un caso aislado. En la cooperativa Unión de Terapeutas, donde llevo ya 8 años implicado, he visto repetirse la misma película una y otra vez: terapeutas con un talento enorme, pero sin estructura, sin límites, sin una mínima visión de negocio. Personas muy preparadas a nivel humano… que se sentían pequeñas a la hora de sostener un proyecto profesional.

Y ahí comprendí que, si yo no hacía un cambio interno, iba a terminar exactamente igual: quemado, desilusionado y con la sensación de que “esto del terapeuta profesional no funciona”.

En mi propio camino aparecieron tres personajes muy claros:

  • Mi síndrome del impostor, susurrándome: “aún te falta una formación más para poder cobrar lo que quieres”.
  • Mi cuidador exagerado, que decía: “esta persona no puede pagar, mejor hazle precio especial… otra vez”.
  • Y mi oveja negra interna, que asociaba “empresa”, “marketing” y “dinero” con manipulación o falta de ética.

Desde fuera, mi camino parecía coherente. Desde dentro, era una batalla constante entre lo que quería construir y lo que mis emociones eran capaces de sostener.

El punto de inflexión llegó cuando entendí algo muy simple, pero incómodo:
no puedo acompañar procesos de consciencia si mi propio proyecto vive desde la incoherencia y el autosacrificio.

Mi trabajo en la cooperativa me ayudó mucho. Al ver a tantos terapeutas enfrentarse a los mismos miedos, empecé a nombrarlos, a ponerlos sobre la mesa, a hablar sin maquillaje del tema dinero, de precios, de contratos, de organización. Y en paralelo, tuve que hacer ese trabajo conmigo mismo.

Empecé por algo muy básico: mirarme con honestidad.

Me pregunté:

  • ¿Qué valor tiene realmente mi experiencia de 15 años como terapeuta?
  • ¿Qué significa para mí sostener una sesión, más allá del tiempo que dura?
  • ¿Qué necesito para que mi proyecto sea viable y no una entrega constante que desgasta mi salud y mi energía?

Cuando respondí a eso, dejaron de servirme las historias internas del “buen terapeuta que no mira el dinero”. Y empecé a trabajar en algo que hoy considero clave: una mentalidad empresarial alineada con mi ética.

No hablo de convertirte en un vendedor agresivo ni en alguien que solo piensa en conversiones. Hablo de algo más maduro: entender que si quieres ayudar de verdad, tu proyecto tiene que sostenerse en el tiempo.

Eso implica:

  • Elegir a quién acompañas y con qué problema concreto, sin querer salvar a todo el mundo.
  • Poner precios que honren tu experiencia, tu energía y tu recorrido.
  • Crear una estructura mínima: agenda clara, límites horarios, canales definidos, contratos sencillos.
  • Y, muy importante, revisar tus creencias emocionales sobre el éxito, el dinero y el merecimiento.

Con el tiempo entendí que mi sensibilidad no era el problema, sino la falta de contenedor.
La gestión emocional me ayuda a ver cuándo el impostor, el cuidador o la oveja negra quieren tomar el volante.
La mentalidad empresarial me recuerda hacia dónde voy y qué necesita mi proyecto para crecer.

Hoy, después de 15 años de terapia y 8 años en la cooperativa, tengo una certeza muy concreta:

Tu proyecto como terapeuta no fracasa por falta de vocación, sino por falta de integración entre tu mundo interno y tu visión profesional.

Cuando empiezas a tratar tu práctica con el mismo respeto y claridad con la que acompañas a tus pacientes, algo se ordena. Dejas de “ir haciendo sesiones” y empiezas a construir una carrera.

Si estás en ese punto en el que dudas de ti, en el que te planteas si realmente “sirves para esto”, quizá el problema no esté en tu capacidad terapéutica, sino en la estructura que la sostiene.
Y eso, te lo digo por experiencia propia, se puede trabajar, se puede entrenar y se puede transformar.

No estás solo en ese cruce extraño entre corazón y empresa. Muchos hemos pasado por ahí. Y cuando alineas tu gestión emocional con una mentalidad empresarial consciente, tu vocación deja de ser una carga y se convierte, por fin, en tu camino de vida.

¿Y si dejas de hacerlo solo?

Si todo esto que has leído resuena contigo, no es casualidad. Durante años he visto a muchos terapeutas pelear la misma batalla interna que yo viví: mucha vocación, poca estructura. Por eso hoy acompaño este proceso también desde una cooperativa pensada para terapeutas, con mirada humana y mentalidad empresarial.

Si quieres saber si este modelo encaja contigo y con tu manera de trabajar, da el siguiente paso:

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No es solo un enlace. Es el comienzo de tratar tu proyecto con la seriedad, el cuidado y la visión que merece.

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