Habla con la Vida
Habla. Comunícate.
Sí, habla. No hace falta que sea en voz alta. Habla con el mar, con el césped, con los árboles, habla con las flores, habla con la fruta, habla con las piedras.
Toma una piedra redondeada, lisa, y pósala en tu mano. Verás cómo se establece una conexión. ¿No lo crees? No hace falta creerlo. Solo sentir su presencia, su sabiduría encrustada, su paciencia, formada y forjada en milenios sobre la Tierra.
Verás cómo te hablan también. Las flores, las hojas, la tierra en el bosque, bajo tus pies descalzos.
Siéntate en una roca. En un bosque, en un parque, o cerca del mar.
Siéntate y respira. Y vuelve. Vuelve a ti. Vuelve a sentir. Vuelve a sentir la simpleza de la vida, vuelve a salir del juego de la mente, vuelve a ser un ser humano.
Y háblate a ti con esa paciencia, con esa amabilidad, con esa alegría, con esa sonrisa que tenías en la cara cuando le hablabas a la flor o cuando percibías la calma sobre la roca.
¿Por qué te resultó tan fácil hablar con las flores y las piedras?
Te sacaron de tus pensamientos repetitivos, de tus preocupaciones, de tus exigencias, de tus «tengo que…» y «¿por qué no hice…?» Y la vida, al menos por unos instantes, volvió a ser como es y te reveló toda su belleza.
Vuelves a la vida y a la acción con otro ánimo, con gratitud.
Descubres una solución, de repente, donde antes solo veías un problema, tan grande que te parecías ahogar.
Y ahora, poniéndote de pie, con firmeza, vuelves a sentir la fuerza de la vida que te nutre y siempre sigue.
Y vuelves a ver con claridad.
Los siguientes pasos están preparados.
Y el camino se desvela, caminando.
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