LA PALOMA, EL EXCREMENTO Y EL PERFUME

LA PALOMA, EL EXCREMENTO Y EL PERFUME: UNA LECCIÓN AROMÁTICA DESDE LO INESPERADO

 

Hoy me ha ocurrido algo tan inesperado como desagradable: una paloma decidió utilizarme como su objetivo perfecto. Pelo, ropa, bolso… nada se salvó. Y más allá del evidente malestar estético y social —el olor era insoportable, y el calor que desprendían las heces no ayudaba en absoluto—, como aromatóloga de profesión no pude evitar reflexionar: ¿qué enseñanza aromática puede dejar un episodio así?

 

La primera reacción fue instintiva: asco, rechazo, incomodidad. Mi piel se erizó no por placer olfativo, sino por el contraste tan violento entre mi sensibilidad aromática y la invasión orgánica que acababa de experimentar. Como si el cuerpo, entrenado a buscar armonía aromática, hubiera recibido un puñetazo de caos microbiano.

 

Pero tras la ducha urgente y la limpieza meticulosa, me senté con una taza de té —de jazmín, por necesidad simbólica— y dejé que mi mente conectara los puntos.

 

EL OLOR COMO MENSAJERO

 

En aromaterapia decimos que el aroma es un lenguaje. Lo que huele bien, lo que huele mal, lo que nos atrae, lo que nos repele… Todo nos habla. El excremento de paloma —una combinación de urea, ácidos, fermentos, bacterias y calor— no es solo desagradable porque sí. Es un mensaje del cuerpo y de la naturaleza: esto no es para ti.

 

En un sentido más amplio, pensé en cuánto nos esforzamos por perfumar la vida, por ponerle aceites esenciales a las emociones tóxicas, por disimular los «olores» desagradables de la existencia. Pero hay momentos que, simplemente, apestan. Y eso también tiene su lugar.

 

LA SIMBOLOGIA DE LO INESPERADO

 

La paloma, irónicamente, es símbolo de paz y mensajes del espíritu. ¿Qué quería decirme ésta en particular con su exabrupto intestinal? Tal vez que incluso la paz necesita un buen vaciado. Que los mensajes del universo no siempre llegan envueltos en incienso de sándalo. A veces vienen en forma de caos literal, para recordarte que no controlas nada.

 

Como aromatóloga, trabajo con esencias que se extraen de plantas a través de procesos intensos: destilación, presión, calor… Me di cuenta de que la transformación muchas veces nace del contacto con lo desagradable. El hedor me conectó con mi olfato primitivo, ese que también sirve para detectar el peligro, la enfermedad, la descomposición. Y, curiosamente, me recordó por qué amo tanto mi trabajo: porque los aromas nos conectan con todos los matices de la vida, incluso los más repulsivos.

 

CUANDO LA VIDA HUELE MAL

Hoy una paloma me cagó encima. Literal y metafóricamente. Pero también me regaló una lección sobre humildad, instinto y sobre el valor de oler la vida entera —no solo sus perfumes más delicados. A veces es necesario pasar por la pestilencia para reafirmar nuestra búsqueda de belleza, limpieza, armonía. Y sí, después de desinfectarlo todo, rocié mi espacio con lavanda y limón. Porque una cosa es aceptar el mensaje, y otra quedarme a vivir en él.

 

 

 

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