Las palabras que no te dije por Natalia Car Pe
De aquellas cosas que se nos quedaron en el tintero
Hoy voy a abrir un espacio de reflexión profundo, algo que cada ser lleva en su interior y en ocasiones pesa mucho. Una llamada de acción, para ir siempre de cara y hacer y decir las cosas en el momento que toca, dejar de callar y guardar las cosas… (¿para cuando guardarlas?) … para que no caigan en el silencio y en ese recuerdo que puede destruirte.

Hay un rincón en la memoria donde habitan frases incompletas, suspiros que se ahogaron antes de convertirse en palabras, miradas que pedían ser comprendidas sin lograrlo. Es ahí donde se esconden las palabras que no te dije. Esas que se quedaron suspendidas entre el miedo y la duda, entre el orgullo y la espera.
A veces creemos que el tiempo nos pertenece, que siempre habrá un «después» para decir lo que sentimos. Nos engañamos creyendo que las emociones pueden guardarse para el momento perfecto, sin entender que ese momento perfecto rara vez llega, cada momento es único e irrepetible, deberíamos de acostumbrarnos a hablar desde el corazón, y dejar de guardar las cosas para otro momento. Así, lo que queríamos decir va perdiendo forma, se disuelve, se transforma en un nudo que aprieta el pecho cuando ya es demasiado tarde.
Se que en ocasiones, guardamos esas palabras porque la otra persona no quiere escuchar, porque prefiere esos silencios que poco a poco matan el alma y las relaciones humanas. Por mi experiencia de vida, cuando se da esa situación, te invito a escribir todo eso que quieres decir, a plasmarlo en papel; por un lado te ayudará a clarificar tu mente tus emociones y a «bajar intensidad» a eso que te martiriza, por otro, puedes dárselo a la persona para la cual van esas palabras; si esta viva, porque en ocasiones, guardamos cosas para después y cuando la persona que quieres hablarle se marcha y deja de existir, ¿que se puede hacer?.

«Quise decirte que te necesitaba, pero callé. Pensé que lo sabías, que mis gestos eran suficientes. Quise agradecerte por quedarte y apoyarme a cada instante, cuando todo dentro de mí era un caos, pero el orgullo, el miedo o que se yo… me cerró la boca, siendo más como decir «ya hablaremos»….. Quise pedir perdón por lo que no supe dar, pero el miedo a tus ojos decepcionados me paralizó. Así fui dejando que los días pasaran con el alma en silencio y muchas palabras por decir, por expresar … que jamás llegaron a ver la luz.»
Y ese silencio… me rompió, estalló en el mismo momento que se paró parte de mi vida, al sabré que jamás podría mirarte de nuevo a los ojos, para poder dialogar contigo, jamas podria volver a tener una conversación o volverte a decir «ya hablaremos»…
Porque callar duele, pesa y más cuando esas palabras siguen latiendo dentro de ti. Callar lo que se siente no es neutro, no es inofensivo. Es una herida lenta, que no sangra por fuera pero drena por dentro. El daño emocional de no hablar a tiempo se acumula como una humedad invisible: se filtra en la autoestima, en la confianza, en la manera en que nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos.
No decir lo que duele nos vuelve extraños para quienes amamos, pero sobre todo nos vuelve ajenos a nosotros mismos. Uno empieza a vivir con un eco que repite lo que no dijimos, como si el alma estuviera condenada a ese eterno «¿y si lo hubiera dicho?«.
El silencio se convierte en un juicio sin defensa, en un peso constante que impide cerrar capítulos, sanar vínculos, encontrar paz.
Las palabras no dichas no se van: se transforman. Se convierten en ansiedad, en insomnio, en distancia emocional. Se vuelven miradas que ya no se cruzan, abrazos que se dan por costumbre, espacios llenos de ruido pero vacíos de verdad. Y cuando finalmente la otra persona se aleja —porque también se cansa de adivinar, de esperar, de recibir migajas emocionales—, entonces llega el arrepentimiento… pero ya no hay nadie a quien decírselo.

Guardar lo que debió ser expresado no es prudencia: es abandono. De uno mismo, y del otro. Porque no hay nada más doloroso que querer arreglar lo que ya no está, que decir «te quería» cuando el otro ya aprendió a olvidarlo, que decir «me dolió» cuando ya no hay quien escuche.
Hace muchos años, entendí que hay palabras que pueden sanar, que pueden salvar una historia, cambiar una despedida, detener una herida. Que un «te extraño», un «gracias», un «me equivoqué», dicho a tiempo, puede ser la diferencia entre seguir adelante acompañado o arrastrar la soledad de lo no resuelto.
Porque después, Las palabras que no se dicen, ahora viven en tí como un recordatorio: no todo se puede guardar, no todo se puede decir mañana. Hay verdades que vencen, como el pan o el amor: si no se comparten a tiempo, pierden su sabor, se marchitan, se enfrían.
Si pudieras volver atrás, ¿hablarías más?. ¿ya no esperarías a que te leyeran la mente?. No darías por hecho que lo sabías todo. ¿Se lo dirías?, con errores, con temblores, pero ¿lo harías?. Dar por supuesto las cosas, da pie a muchos problemas y mal entendidos, por ello te vuelvo a invitar que hables, con honestidad, para no cargar más palabras que mueren en tu boca, para pesar a tu alma, a tu ser
Hoy te escribo estas líneas, porque aprendí, aunque tarde, que la vida se mide en los momentos que nos atrevimos a hablar desde el alma. Y aunque tarde, prefiero siempre hablar y aclarar las cosas a callar y que me mate ese sepulcral silencio que a veces te oprime, te aplasta, como una losa, como una lápida, que entierra todas esas palabras calladas y jamás nacidas.
Hoy, a falta de tu presencia, le hablo al viento, a las estrellas, al mar, a la luna, porque se que estas ahi, de otra manera. Y en ese diálogo íntimo conmigo misma, y con tu esencia, solo queda aceptar que algunas cosas se quedaron en el tintero, demasiadas para mi gusto… pero no por falta de tiempo, sino por no haber sabido cómo hacerlo mejor
Ahora lo sé:
EL TIEMPO QUE TENEMOS DE VIDA, ES FINITO,
LO QUE HOY NO HAGA…YA NO PUEDES VOLVER ATRÁS,
LAS PERSONAS PUEDESN DESAPARECER EN DECIMAS DE SEGUNDO,
Y las palabras que no se pronuncian, se convierten en cicatrices profundas, en silencios eternos que sólo puedes lanzar al viento, junto alguna lagrima que las acompaña, por no haber sabido expresarlas en el momento correcto y quedar sepultadas en lo más profundo de tu ser.
Aprendí:
Que nunca más el miedo al qué dirán, me quite la voz.
Que nunca más el silencio sea más fuerte que lo que siento y he de expresar
Pero también he descubierto algo más, algo poderoso: que hablar sana. Que abrir el corazón no solo es un acto de valentía, sino de liberación. Que cuando uno se atreve a ponerle voz a lo que siente, aunque tiemble, aunque no sepa exactamente cómo, ocurre algo casi milagroso: el alma respira.

Hablar —de verdad, sin máscaras— es como quitarse un peso invisible. Es permitirle al corazón dejar de cargar solo con lo que le duele, lo que ama, lo que añora o lo que necesita. Decir lo que llevamos dentro no garantiza que el otro lo entienda, que lo acepte, que se quede. Pero sí garantiza que nosotros dejemos de vivir partidos entre lo que sentimos y lo que mostramos.
A veces basta un “te extraño” para soltar días enteros de nudos en el pecho. A veces basta con llorar frente a alguien y decir “no sé cómo seguir” para que algo dentro comience a ordenarse. Porque las emociones guardadas no desaparecen: se acumulan, se enquistan, se convierten en malestar. Y hablarlas, decirlas, escribirlas, gritarlas si hace falta… es empezar a curarlas.
He aprendido que no se trata solo de comunicarse con los demás, sino también con uno mismo. Que hay palabras que necesitamos oír en nuestra propia voz para creernos lo que sentimos. Que cada vez que me atreví a decir lo que antes escondía, algo en mí se hizo más libre. Más entera. Más real. Más liviana, más ligera. Me ayudó a andar libre de cargas, de palabras que te aplastan y torturan.
Hablar es una forma de hacernos cargo. De dejar de esperar que nos adivinen. De tomar responsabilidad por nuestra historia y por nuestra voz. Porque quien calla todo el tiempo, se abandona. Y quien habla desde el corazón, aunque le duela, se honra.
Hoy, lo que antes me ataba por dentro, lo suelto. Lo digo. Lo escribo. Lo lloro. Y en cada palabra liberada, siento que recupero una parte de mí que había quedado atrapada en el silencio.
Ya no quiero que nada importante se quede en el tintero.
Porque aprendí que hablar no rompe: sana.
Que decir lo que uno siente no espanta: aclara.
Y que la verdad, cuando se dice con amor, no destruye: libera.
La proxima semana, te compartiré una herramienta para liberar esas palabras, estate atent@a al blog, para ese nuevo articulo lleno de tecnicas para escribir.
Dedico estas palabras, a esa persona con la que dejamos muchas conversaciones en el tintero, muchos «ya hablaremos»… cuando hace 35 meses de su partida.
Si sientes tu llamada y no tienes claro cómo empezar, contacta conmigo, sólo te mostraré la punta del hilo para que puedas empezar a tirar y tejer tu vida como te mereces. Envíame un mensaje aquí
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