MEMORIAS ENTRE TIJERAS
“Hoy, en la peluquería, presencié una escena sencilla, pero profundamente conmovedora”
Un caballero, de unos 60 años, explicaba con detalle cómo quería su corte. Nada fuera de lo común; cada vez es más habitual que los clientes definan con precisión el resultado que buscan. Sin embargo, como profesional del mundo sensorial —y en mi caso, desde la aromaterapia—, no pude evitar preguntarme si no estamos perdiendo de vista algo esencial: el papel de los sentidos en todo lo que vivimos.
La peluquera comenzó a peinarlo, deslizando suavemente el peine hacia atrás por un lado de la cabeza. Y entonces, él dijo con una sonrisa:
“Así, así… que es como me peinaba mi madre.”
No pude evitar emocionarme. Porque esa frase era mucho más que una indicación estética. Era un viaje. Un recuerdo físico y emocional almacenado en su cuerpo durante décadas, esperando ser despertado por un gesto tan cotidiano como un peinado.
Como aromaterapeuta, trabajo cada día con la capacidad de los aromas para evocar memorias profundamente arraigadas. Basta un olor para que una persona vuelva, en segundos, a su infancia, a una casa que ya no existe, a la piel de alguien querido. Pero lo que muchas veces olvidamos es que no solo los olores almacenan memorias. También lo hacen el tacto, los sonidos, los gestos… como ese movimiento del peine, cargado de historia.
En ese instante, ese hombre —maduro, seguro, racional quizás— se convirtió en un niño. O al menos, volvió emocionalmente al lugar donde alguien lo cuidaba, lo peinaba, lo arropaba. Y fue tan genuino, tan humano, que todos en la sala guardamos un segundo de silencio sin darnos cuenta.
Los sentidos son nuestras raíces emocionales. Nos conectan con quienes somos, con lo que hemos vivido, con lo que hemos perdido… y con lo que aún necesitamos.
Salí de la peluquería recordando por qué amo lo que hago. Porque cada esencia, cada fragancia que aplico, no es solo un aroma: es una llave que puede abrir una puerta olvidada. Y esa puerta, a veces, nos devuelve a casa.